En noviembre de 2019, en medio de las protestas que estallaron en Santiago en demanda de una nueva Constitución, conversamos con la activista feminista Sofía Brito. El año previo, una denuncia de acoso sexual realizada por Brito desencadenó la ocupación estudiantil de 18 universidades en el país, situación que dio origen al llamado Mayo feminista chileno, que luego formaría parte del "estallido social" que devino en el movimiento por una asamblea constituyente.

Conversación con Sofia Brito en Santiago

Por La Periódica

La Periódica. La manifestación del 8 de marzo por el Día de la Mujer del año pasado, fue una de las más grandes ocurridas en Chile desde el fin de la dictadura. ¿A qué se debió eso?

Sofía Brito. El movimiento feminista se ha venido reactivando y tomando relevancia en toda América Latina con el movimiento Ni una menos en 2016. Un factor importante fue que gracias a las compañeras feministas de los ochenta las universidades habían abierto espacios de discusión feminista que antes no existían. También las compañeras habían empezado a cuestionar al mismo movimiento estudiantil: un movimiento vertical, cuyos voceros más importantes eran hombres y donde el pacto político masculinizado define que las mujeres, para poder ingresar a la política y ser consideradas, tienen que ocupar una voz masculina. Todo esto se empieza a cuestionar creando diferentes instancias: en 2006 se crea la Coordinadora Universitaria de Ciencias Sociales y desde el 2011, se crearon instancias más locales, territoriales; cada facultad empieza a tener su Secretaría de Género y Sexualidades.

Creo que el feminismo ha logrado articular diferentes instancias que son transversales a la sociedad, y que en Chile todavía estaban muy sectorizadas: un movimiento de trabajadores, un movimiento estudiantil, un movimiento por el agua, etcétera. Creo que lo que jugó a favor del movimiento feminista fue que en todos esos espacios sectoriales había feministas.

¿Cómo así el feminismo atraviesa otros movimientos?

Las mujeres no somos un sector, somos parte de todos los sectores de la sociedad. Lo que se hizo para el 8 de marzo fue un programa desde la Coordinadora 8 de Marzo, recogiendo las principales demandas contra la precarización de la vida, que fue la consigna que se empezó a usar desde el año 2018. No solo eran las mujeres contra la violencia física; la lucha se amplió a la violencia estructural y también a la económica, atravesando la vivienda, salud, educación, el no reconocimiento de los pueblos indígenas, etcétera. Los movimientos feministas, mirándolos desde el estallido, buscábamos no solo los puntos comunes, sino algo que nos asemejara.

Ha sido muy importante mirar las experiencias latinoamericanas: cómo se han convertido estas diferentes organizaciones feministas en una especie de red de feministas que están por una Constitución feminista y por un proceso constituyente que involucre nuestra participación. Eso ha tenido mejores o peores resultados en América Latina, pero ha sido trascendental comprender que hay que estar en todos los espacios posibles: tener los pies en la calle, en los campamentos, en las poblaciones, en el mundo del Wallmapu, para que la mayoría de nuestras demandas puedan ser recogidas en este nuevo proceso constituyente y para lograr que compañeras feministas sean parte de ese proceso de creación de la nueva Constitución.

¿Estaba en la mira del movimiento Ni una menos del 2016 saltar hacia una agenda política más amplia?

Nuestra Constitución siempre ha sido un punto de tope para todo. Es una Constitución que no tiene ninguna legitimidad. Desde que existe ha habido un Movimiento por la Asamblea Constituyente, con espacios de mayor apertura y visibilidad como la que tuvo con el movimiento estudiantil de 2011. Hay una especie de herida abierta, de la cual nadie hablaba mucho. Todos estos procesos dieron lugar a muchos movimientos sociales hablando de una Nueva Constitución, de una Asamblea Constituyente Popular: el Movimiento de Pobladores y Pobladoras, el Movimiento por el Agua y los Territorios … Las compañeras de La Morada, de derechos humanos y otras, estuvieron en un proceso que se llamó Nosotras las Constituyentes, con varios informes que han sido muy buenos insumos para este momento. De alguna manera, el movimiento se fue decantando en un movimiento constituyente. Empezaron a ventilarse en las calles demandas por pensiones, salud, educación, plurinacionalidad, convirtiéndose en la demanda por una nueva Constitución.

La Asamblea Feminista Plurinacional es un espacio que levantamos con la lógica de construir sobre todo una red, una red de acuerdos mínimos, en la que, retomáramos esfuerzos de compañeras de otros movimientos sociales: compañeras del Wallmapu poniendo sobre la mesa las demandas del pueblo mapuche; compañeras pobladoras con sus demandas de vivienda y lucha por la ciudad. No como una propuesta técnica, ni de las feministas que son abogadas, sino recogiendo todo ese tejido que viene desde hace mucho tiempo. ¿En qué medida las mujeres de tu edad coinciden con las feministas mayores? Yo creo que ha sido fundamental para nosotras tener la experiencia de compañeras que lucharon contra la dictadura y compartir un espacio más intergeneracional. Desde el estallido del mayo feminista de 2018 en Chile y las revueltas feministas en Argentina, se han masificado símbolos como el pañuelo verde que también ha sido muy importante como símbolo de reconocimiento en Chile. Lo mismo pasa con el gran acto performático de las compañeras de Las Tesis. El performance se masifica y se apropian de él; empieza a circular por todo el mundo. Este tipo de actos políticos hace que el feminismo salga de las fronteras de la academia y sea un feminismo de masas. El feminismo debería ser popular, pensado para la clase trabajadora y las grandes mayorías sociales.

Para mí, todo esto ha sido un elevado proceso de aprendizaje de las experiencias que tienen otras compañeras, una especie de concatenación de esas experiencias. Nosotras, las que hemos estado más en el movimiento estudiantil, no tenemos experiencia en lo que ha pasado en la institucionalidad y tenemos que empezar a entender lo que allí sucede. O bien, entender qué es lo que pasa en el movimiento del agua, o en el movimiento por la plurinacionalidad. Comprender y validar las experiencias de otras compañeras, ha sido muy lindo. Yo creo que eso puede confluir en un excelente proceso constituyente.

Además de lo intergeneracional, ¿Cómo han procesado las diferencias de clase entre ustedes? ¿Hubo dificultades?

Yo creo que esas diferencias siempre han estado. Por ejemplo, se dijo en un momento, que el movimiento estudiantil era sumamente elitista, porque era un movimiento de las universidades. Yo creo que el problema está en que lo que se visibiliza generalmente son las universidades de élite en un sistema educativo de mercado. En Chile, tenemos centros de formación técnica, institutos profesionales donde estudian algunas compañeras que muy probablemente no van a trabajar en lo que estudiaron. ¿Qué más parte de la clase trabajadora que eso?

Creo que también hubo una intención de diferenciar entre quienes son mujeres estudiantes y el movimiento estudiantil, en su conjunto. El movimiento estudiantil es un movimiento anticapitalista porque lucha contra la educación de mercado, y las estudiantes en realidad, luchaban contra el acoso sexual, por tener mejores condiciones en la educación, por demandas que tienen que ver con la diferenciación, con la discriminación y que influyen en su incapacidad para estudiar. Sin un espacio seguro para estudiar, las compañeras terminan abandonando los espacios universitarios. Sin el derecho al aborto seguro, las compañeras que quedan embarazadas tienen que dejar de estudiar y empezar a mantener una familia. Creo que en ese sentido hubo un intento de diferenciarlos.

¿Qué es lo que ha sucedido en cuanto a la articulación entre feminismo y grupos de diversidad sexual, tanto de mujeres, gays, trans? ¿Hay puntos de contacto?

En Chile, el mundo de las diversidades, estaba muy institucionalizado, cooptado por las ONG mas bien liberales. En una primera instancia, cuando las feministas se rearticularon en las universidades, se entendió como movimiento de disidencias, en el cual, en un sentido bien butleriano, el cuerpo es un campo de disputa, en el fondo, un dispositivo. Yo creo que eso empezó a mutar lentamente hacia un movimiento con una nueva distancia entre mujeres y disidencias. Eso fue bastante difícil para nosotras. Una de mis mejores amigas, Emilia Schneider, la primera presidenta transgénero de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, enfrentó una compleja disputa debido al biologicismo arraigado en el movimiento estudiantil. Eso ocurre también en Perú, hay corrientes que plantean un conflicto entre la condición trans y la condición biológica. Hay una incomprensión de lo específico de la opresión a la que las mujeres en cada condición están sujetas: en el caso de la mujer biológica el eje de la opresión es reproductivo, mientras que para la mujer trans es sexual.

Lo que pasa es que la apuesta que teníamos nosotras y las partidarias de un feminismo no trans-excluyente apuntaba a que las opresiones de las mujeres son múltiples. Vemos que existen muchas otras opresiones que tienen que ver con la condición de clase. La sociedad nos va interpelando como mujeres y también el sistema, en este caso, lo hace el movimiento estudiantil. El sistema educativo nos ponía en un lugar de segunda o tercera categoría. Entonces, acompañar la lucha de las compañeras trans en la universidad fue una lucha por el reconocimiento social. En la Universidad de Chile se libró una gran lucha para que a Emilia la llamen Emilia y no por su nombre legal. Ese fue un temazo. Todavía hay profesores que no son capaces de decirle Emilia. Entonces, nos dimos cuenta que el feminismo es más una articulación, que simplemente reconocer que todas somos iguales, porque nunca lo hemos sido.

Hay además como antecedente una historia de ocultamiento de las diversidades sexuales, que se tiene que revertir.

Justamente. En miras al proceso constituyente se han formado varias asambleas territoriales, se han dado varias instancias y empezado a articular muchos más espacios de disidencia. Ha favorecido de una manera bien radical a esta articulación que Emilia sea la Presidenta del FECH. Todo es mucho más complejo cuando hablamos de participación en un proceso constituyente, porque cuando hablamos de paridad, estamos hablando de paridad de hombres y mujeres y al final de cuentas, uno no sabe muy bien cómo establecer un espacio de representatividad que sea para identidades no binarias y todas las identidades LGTBIQ+, porque ¿quién tiene la atribución, el poder de determinar a qué identidad pertenece una y a cuál no? Cómo asegurar la participación de las identidades disidentes y cómo pensar en ir más allá de la paridad, son desafíos que quedan abiertos. Lo que se necesita es una gran articulación feminista disidente y mucho más amplia, que no vaya tanto por quién es hombre o mujer, sino por defender un programa, por la posibilidad de una Constitución que reconozca los derechos sociales, que sea una Constitución democrática.

¿Cómo evalúas la posibilidad de articular con otros movimientos de la región, de Sudamérica, o este es aún un movimiento nacional?

Creo que hay una articulación muy relevante en el Comité de la CEDAW, con los grandes organismos internacionales que, además están anclados con ciertas ONG. Pero lo que ha ocurrido no es una articulación directa ni institucional, sino que la articulación se ha dado por las mismas redes de las feministas.

En agosto del año pasado (2018) cuando se estaba discutiendo el aborto en Argentina, en Chile se reinició la discusión sobre el aborto y notamos las falencias que tenía la ley de aborto por tres causales que se había aprobado el 2017. Yo creo que este tipo de articulaciones ha permitido la retroalimentación del movimiento. Por ejemplo, lo que pasa con Las Tesis es una forma de articulación internacional. Al replicar o reapropiar su performance en todo el mundo, en distintos idiomas, nos unimos como feministas, creo que es una forma de articulación distinta de la que estábamos acostumbradas. Lo que se está tejiendo, lo que se empieza a tejer desde este feminismo es mucho más masivo, porque se amplifica hacia todos los sectores sociales, es una red que no tiene cabezas visibles, no tiene instituciones detrás. A Las Tesis no las apoya ni Maduro ni la CIA. En realidad, la forma de organización y las redes que se empiezan a tejer son tan democráticas, que no hay manera de cortarlas porque son muy espontáneas y masivas. Involucran el concepto de emoción vinculado con la racionalidad. No solamente se trata de decir “ya, armemos una especie de partido feminista” es decir, algo muy estructurado, sino que hay una vinculación con las experiencias corporales y personales de cada una. En Chile, con el performance de las compañeras de Las Tesis, se abre un gran proceso de destape de denuncias de abusos sexuales y situaciones de violencia sufridos por las compañeras, y eso ha sido muy impactante. Es otra forma de red, creo yo, y que quizá nos ha costado entender, al menos a mí, educada por mis papás militantes en la lógica política del siglo pasado.